jueves, 30 de junio de 2011

La trama y el desenlace

Hoy me desperté y de forma automática encendí el televisor. Esa costumbre la adquirí hace un tiempo, cuando era estudiante universitaria y el catedrático de Agencias Informativas nos acorralaba a preguntas sobre lo que pasaba en regiones remotas del mundo.
Los noticieros siempre me parecieron deprimentes, así que con el tiempo opté por cambiar los canales informativos por los de biografías, documentales y deportes.
Hoy, sin pensarlo, pulsé los botones del control remoto que me pondrían en “primera fila” en el torneo de Wimbledon.
En el césped estaban la checa Petra Kvitova y la bielorrusa Victoria Azarenka. Petra había ganado el primer set 6-1, y en la segunda manga Azarenka se estaba imponiendo 3-0. De inmediato pensé que quería que ganara Azarenka, porque era la que estaba perdiendo en ese momento.
Mientras veía cómo se peleaba cada punto caí en la cuenta de que siempre he tenido la manía de apoyar a los deportistas y a los equipos que están abajo en el marcador, a los que tienen menos oportunidades de ganar y a los que casi siempre pierden.
Para muchos esto es simple masoquismo (si es que el masoquismo puede ser simple). Para mí, más que el marcador final, lo excepcional es la trama a lo largo del juego.
Y es que quien gana con facilidad es feliz desde el principio, y es todavía más dichoso por los elogios del público, los críticos y la prensa. Pero ¿qué hay del que pierde?
No es fácil remar contra las adversidades, sentir cómo la impotencia invade cada célula del cuerpo, cargar el peso de la fatiga, querer hacer más y tener que conformarse con la entrega hasta el final.
¿Cuál es la diferencia entre la victoria y el fracaso? Hay deportes donde el triunfo se decide por una fracción de segundo, un gol fantasma, un error arbitral…y allí se esfuma el sacrifico de años. El que gana es inmortalizado, y el que pierde es olvidado a la semana siguiente.
Pienso en el tenis otra vez. Hace un par de años Roger Federer era el tenista imbatible, así que en esa época quería que ganara Rafael Nadal. Ahora que Rafael Nadal es el número uno en el deporte blanco, quiero que gane Novack Djokovic…hasta que surja otra figura.
Pero no me quejo. Wimbledon ya me dio la cuota de drama que siempre busco en los deportes, en un escenario inmejorable: duelo entre el ex campeón Roger Federer y el francés Jo-Wilfried Tsonga.
Federer ya casi tenía el juego en la bolsa con dos set ganados, pero de pronto Tsonga pareció poseído por Niké, el dios griego de la victoria, y frente a él Federer se convirtió en un simple mortal.
Y como si de un relato de la antigua Grecia se tratara, Tsonga acabó con el triunfo de su lado, en un partido donde se recordará más el drama que la técnica sobre el terreno de juego.
Sin embargo, hoy, Azarenka perdió. Perdió ella, pero ganamos todos los que amamos más la trama que el desenlace.

martes, 21 de junio de 2011

No ver, no sentir

No vi y por lo tanto no sentí nada, ni ayer ni ahora. No hubo taquicardias, sudores de mano, minutos eternos. Tampoco hubo angustias, ni plegarias, ni alegrías, ni enojos, ni frustraciones, ni gritos, ni silencios prolongados. No hubo nada, ni ayer ni ahora.
El domingo, la Selecta jugaba su partido de segunda fase de Copa Oro tras romper un maleficio de ocho años. Enfrente tenía a Panamá, el equipo que con un gol de último minuto en el último partido de su grupo le dio la clasificación a El Salvador como tercer mejor lugar.
A pesar de ese momento histórico para el combinado nacional, no vi el partido. Ni un minuto. Nada. La única imagen que se me cruzó en el camino fue una jugada en el minuto seis del primer tiempo, y la de un futbolista salvadoreño a punto de disparar a marco en la tanda de penaltis. Ni siquiera sé quién era, porque yo estaba a varios metros de una enorme vitrina rodeada por más de una docena de personas. Eso fue todo.
Unos minutos después de terminado el juego me enteré que la Selecta había perdido. Había sido eliminada en la ruleta rusa de los tiros desde el manchón de penalti. Esa noticia que en otra circunstancia habría significado la llave para el mundo de la desdicha, esta vez no provocó ningún sentimiento.
Es más, no leer las páginas deportivas de los periódicos, ni ver los noticieros en la televisión solo contribuyó a olvidarme casi por completo del asunto. Lo peor fue que un amigo al que la Selecta le importa lo mismo que le importa a un chino (bueno, quizá al chino le importe más la Selecta porque algún negocio podrían hacer con ella) me dijo que había sufrido como loco viendo el partido. Pero yo no sentí nada, ni siento nada todavía.
Todo el enojo, la frustración, la impotencia y la envidia experimentados en las derrotas anteriores (envidia por el que gana) no llegaron nunca. Es más, como si de una gripe se tratara, me di a la tarea de hablar con verdaderos fanáticos pretendiendo contagiarme de la desilusión y probar la hiel del fracaso que todos probaron. Ni eso funcionó.
Lo único que logré con todo fue comprobar que el refrán “Ojos que no ven, corazón que no siente”, es más que cierto.
Bien por mí, porque a esta altura de la semana mi mente todavía estaría inventando mil finales distintos para cada jugada errada por los seleccionados nacionales. Bien por mí, porque si me llega alguna tristeza, al menos sabré que no tiene su origen en el fútbol. Bien por mí, porque de lo contrario tendría que esperar a que la Selecta jugara de nuevo y ganara para quitarme la espina de la derrota que se me habría clavado en el corazón.

domingo, 12 de junio de 2011

No se busca a quien la debe, sino a quien la pague

Que El Salvador ha venido de menos a más en la Copa Oro no hay duda alguna, gracias en gran medida a que los rivales han venido de más a menos. Lo cierto es que contra todos los pronósticos, la Selecta es la autora de la mayor goleada del torneo con el 6-1 sobre Cuba.
Desde cualquier ángulo que se vea, esta resultado tiene muchos méritos. En primera, la Azul venía de encajar cinco goles en su debut ante México, y apenas una semana después el marcador abultado es a su favor.
En segunda, la Selecta no goleaba a nadie desde que le metiera ocho goles a la selección de Anguila en la eliminatoria rumbo al Mundial de Sudáfrica. Además, la victoria sobre Cuba le permite sacudirse un poco la paternidad que los conjuntos caribeños han ejercido sobre los nacionales en los últimos años.
De cualquier forma, el marcador es engañoso. Es cierto que El Salvador pudo terminar con uno o dos goles más, pero Cuba también perdonó a Miguel Montes en varias oportunidades.
Qué importa ya. Lo verdaderamente importante es el resultado, los puntos, los goles, la ilusión.
Luego del partido y con este resultado solo se puede decir a Cuba: “Gracias por existir”, porque de otra manera la esperanza de ganar algún partido serían más escasas de lo normal.
Y así, con este 6-1 a favor de la Selecta, queda comprobado una vez más que el fútbol da revanchas, aunque no siempre se busca a quien la debe, sino a quien la pague.

jueves, 9 de junio de 2011

Fatídico tiempo de descuento


Dice Jorge Drexler en la canción Guitarra y vos que “Hay escritas infinitas palabras: zen, gol, bang, rap, Dios, fin...”. Tiene razón. Y aunque hay escritas muchas más, en el partido de la Selecta contra Costa Rica las únicas que yo necesitaba eran gol, Dios y fin.
Lo que más anhelaba era el grito de gol, claro, a favor de la Azul. Y así fue. Como una auténtica obra de Dios llegó el gol de Fito Zelaya, un tiro potente que parecía llevar la misma fuerza que de forma repentina le llegó a David para derribar a Goliat con una simple honda.
Es más, la Selecta parecía la representación del mismísimo David al lado de la tres veces mundialista selección tica, en especial luego de que los mexicanos le marcaran a los salvadoreños cinco goles en la inauguración de la Copa Oro.
Pero allí estaban los once guerreros en la cancha, dispuestos a limpiar el orgullo patrio, a mostrar que la garra cuscatleca todavía existe y que nadie puede jugar con ella.
La idea surtió efecto, porque como casi nunca pasa, el combinado nacional estaba arriba en el marcador. Los seleccionados no solo estaban lavando su imagen, sino que también se imponían a uno de los candidatos a llevarse el título de campeón. Y como casi nunca pasa, los aficionados cuscatlecos festejaban el tanto.
El gol llegó, y con él apareció el éxtasis, la ilusión, el orgullo, el aroma del triunfo (si es que tiene), la felicidad…
Desde que el balón besó las redes de la portería defendida por el guardameta tico, a la alegría se le sumaron las mil y un plegarias y exclamaciones: ¡Dios mío! ¡Uyyyy! ¡Qué suerte! ¡Menos mal! ¡Ufff!, entre otras.
Así pasaron 50 minutos, aunque en la mente de los seguidores parecía que las manecillas del reloj se movían en la dirección contraria y esos 50 minutos se transformaron en 50 horas.
En el transcurso de esas 50 horas mentales, el gol era el objetivo primordial: o se anotaba otro tanto para tener un poco de paz, o al menos que los ticos no hicieran ninguno. Es que si alguien tenía que atravesar por el infierno, era preferible que fueran ellos.
Pero nada ocurría, nada para nadie. Lo cierto era que un minuto menos en el cronómetro del árbitro era un paso más para alcanzar la versión de los salvadoreños sobre el paraíso.
El anhelo era que llegara el fin, esos tres silbatazos del réferi para poner punto final al encuentro.
Algunos seleccionados querían apoderarse del tiempo, ponerlo en su lado de la balanza. Unos ganaban segundos tirándose al piso (lo que también les hizo ganarse algunas tarjetas amarillas), otros lanzaban el balón a las tribunas, otros reclamaban…todo se reducía al tiempo, al deseo del fin.
Sin embargo, está por demás comprobado que la felicidad es efímera, más para los salvadoreños, más para los amantes del fútbol. Así, sin más, llegó el árbitro con el fatídico tiempo de descuento, esos cuatro minutos de un verde intenso en la pantalla electrónica, pero más negros que los agujeros negros para el hincha fiel.
Y así, en el último suspiro del tiempo de descuento, el balón se fue al fondo de la meta defendida por el arquero salvadoreño. El balón cruzó la línea de gol casi de forma exultante, pero al mismo tiempo como quien le da el suave beso de la muerte a la ilusión.
No hay más. Todo acabó. Solo queda la mente en blanco. Fatídico tiempo de descuento, fatídico gol, fatídico final.

martes, 7 de junio de 2011

El adiós de Ronaldo


Ronaldo entró a la cancha y las gargantas de los aficionados alcanzaron decibelios insospechados. No podía ser de otra manera. Allí, sobre el césped sagrado del terreno de juego y con miles de ojos examinando sus movimientos, “El Fenómeno” daba su último adiós a la selección brasileña.
Pero Ronaldo no parecía Ronaldo, parecía otro, casi una caricatura del que un día fuera el mejor futbolista del mundo, de aquél que a fuerza de goles añadiera dos estrellas de Campeones del Mundo a la camisa verde-amarilla.
Esos días de gestas gloriosas parecen un recuerdo lejano. Aquella figura de 1.83 metros y 83 kilos también pasó a formar parte de la historia. Ahora el sobrepeso le pasa factura: corre unos minutos y está exhausto, tiene el balón y lo lanza cinco metros arriba de la portería. El público de todas maneras aplaude, y Ronaldo sonríe como tratando de minimizar sus yerros.
15 minutos de juego bastaron para despedir al ex astro del balompié. Sus compañeros lo abrazaron, los fanáticos en los graderíos desplegaron una bandera gigante con la frase “Por siempre Fenómeno”, los rivales le hicieron el pasillo, los fotoperiodistas lo persiguieron para captar la mejor imagen del histórico número 9, y Ronaldo salió de la cancha tomando de la mano a su pequeño hijo. Esa fue su despedida de la Canarinha.
Ya el 14 de febrero había anunciado su retiro del fútbol, de ese deporte mágico que lo llevó a alcanzar la gloria y el infierno a partes iguales.
Y es que Ronaldo escribió su nombre en las páginas doradas del balompié con lo que mejor sabía hacer: con goles. Entre sus tantos títulos de goleo ostenta el de máximo artillero en las Copas del Mundo, con 15 tantos, y ser el segundo máximo anotador de la selección brasileña, solo atrás de Pelé.
Además de brillar con el equipo nacional, Ronaldo también dejó su huella en los equipos más grandes del mundo: PSV Eindhoven, Barcelona, Real Madrid, Inter de Milán y AC Milán, entre otros.
Su lema era jugar, por eso no le importó demasiado el color de la camiseta del equipo con que firmaba, solo así se explica que militara en tantos conjuntos archirrivales.
Y de la misma manera en que fueron exaltados sus logros, sus escándalos también ocuparon primeras planas. Pero ese no es el asunto primordial en esta nota, que para eso está la prensa rosa.
Lo innegable es que Ronaldo, sobre el terreno de juego, fue y será único. Un día deslumbró al mundo su compatriota “Ronaldinho”, pero ese otro futbolista se hizo fama con el diminutivo del astro.
Ahora está Cristiano Ronaldo, a los que unos cuantos incultos del arte de las patadas osaron en decir: “Ronaldo solo hay uno”. Claro, la defensa del brasileño no se hizo esperar con consignas como: “Ronaldo solo hay uno….que ha ganado dos Copas del Mundo, dos Copas América, la Liga de Campeones, el Mundial de Clubes”, por mencionar parte de su extenso palmarés.
Ya lo dijo Juan Villoro en un artículo: “El portugués Cristiano Ronaldo dos Santos Aveiro ha podido llamarse como un cyborg (CR7 o CR9), pero nunca podrá ser Ronaldo”.
Aunque el Ronaldo que ahora dijo adiós a la selección brasileña apenas parece la sombra del que fue, lo cierto es que Ronaldo solo hay uno.